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  • Reseñas

    Josef OEHRLEIN, El actor en el teatro español del Siglo de Oro. Prólogo de José María Diez Borque. Traducción de Miguel Ángel Vega. Madrid, Castalia, 1993. 338 p.

    (ISBN: 84-7039-672-2; Literatura y Sociedad, 54)

    En 1986 salía de las prensas alemanas de Klaus Dieter Vervuert la versión original de este libro, Der Schauspieler im spanischen Theater des Siglo de Oro (1600-1681). Un resumen en español de algunas de las partes de ese volumen veía la luz poco más tarde en las actas del seminario Actor y técnica de representación del teatro clásico español (Del Siglo de Oro a hoy), que fue dirigido por Diez Borque en mayo de 1988 (J. Oehrlein, El actor en el Siglo de Oro: imagen de la profesión y reputación social en José María Diez Borque, éd., Actor y técnica de representación del teatro clásico español, Madrid 17-19 de mayo de 1988, London, Tamesis Books, 1989, serie A: Monografías, 139, pp. 17-33). Por su parte, el presente texto en español editado por Castalia sigue fielmente al primigenio, salvo la corrección de errores y la actualización tanto de algunas notas, como del anexo bibliográfico, según recoge el autor en la «Advertencia Preliminar» (p. vil).

    El objetivo que persigue Oehrlein, es el de «presentar, más allá de una relación de nombres, datos, hechos y especulaciones, un "modelo" de la profesión del actor aurisecular» (p. vil). Para ello, se ha servido de la documentación publicada por varios autores, acerca de la actividad teatral en Madrid durante el siglo XVII. Asimismo ha utilizado los materiales que pudo consultar sobre la Cofradía de la Virgen de la Novena en la madrileña parroquia de san Sebastián. A todo ello, se le suma el examen de una buena serie de referencias bibliográficas que aparecen mencionadas al final del estudio (pp. 283-294).

    El libro consta de un capítulo primero introductorio (pp. 3-64), en el que el autor trata de poner en su contexto histórico y teatral el objeto de estudio. Así, se intenta justificar las fechas que delimitan el período al que se atiende y la elección de la capital como marco geográfico de la investigación. También se intentan delimitar las tres especialidades de teatro: el de corral, el de Corte y el de Corpus. Por último, se habla del carácter ritual de las representaciones dramáticas en los tres ámbitos mencionados, para pasar a exponer el carácter de «perito ritual» -sintagma bastante extraño a nuestra lengua española- del actor.

    El capítulo segundo (pp. 65-118) está dedicado al análisis de los grupos profesionales que ponían en escena las comedias y que, por lo tanto, conformaban la medula de la empresa teatral. Esto es, las compañías. Dentro de esos grupos profesionales, se estudian sólo las características y el modo de funcionamiento de las compañías de título. Así se deja al margen el resto de las formaciones de cómicos que el autor engloba bajo el nombre de compañías de la legua. Esta exclusión viene razonada por la ausencia de documentos sobre este tipo de agrupaciones y su consecuente dificultad para ser estudiadas. Algunos de los aspectos tratados sobre las compañías legalmente reconocidas son los siguientes: su magnitud, el proceso de constitución, su estructura -con un examen especial de la figura del autor de comedias- y, finalmente, el carácter medular al que ya aludía más arriba.

    Los dos capítulos siguientes conformarán el tercer nivel de análisis, centrado ya sobre el actor. El capítulo tercero (pp. 119-188) estudia su actividad profesional. Allí se hace hincapié en la jornada laboral, la temporada dramática, los ensayos, el repertorio, la puesta en escena, lo poco que se puede deducir de la técnica actoral y, por último, sobre su relación con los espectadores. El capítulo cuarto (pp. 189-276) analiza el papel del actor de las compañías de título dentro de la sociedad española del siglo xvii. En primer lugar, se alude a su situación económica. Más adelante, se profundiza en la opinión que se tenía de estos profesionales, partiendo de las discusiones sobre la licitud de la Comedia. El último tema tratado es el de la Cofradía de Nuestra Señora de la Novena, como una corporación de actores que, a la vez, servía de paliativo frente a los que consideraban su profesión como inmoral.

    Cierran el libro las conclusiones (pp. 277-282), la bibliografía y un apéndice (pp. 295-338) en que se presenta una lista de actores -ordenada alfabéticamente- que trabajaron en los tres ámbitos madrileños

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    señalados por el autor durante el período que corre de 1602 a 1680. Dicha relación está compuesta de cuatro columnas. En la primera, se menciona el nombre del actor; en la segunda, su función dentro de la compañía; en la tercera, la fecha del contrato y, en la última, el nombre del autor de la compañía a la que perteneció cada temporada.

    El resultado final del libro es coherente con los objetivos que se había marcado el autor en un principio. De esta manera consigue ofrecer una descripción tipo del actor como un profesional, tanto dentro de su medio laboral, como en el cuerpo social del siglo xvii. Los puntos más importantes que pueden ser estudiados en relación con el actor se hallan analizados con bastante solidez en este libro. Así, este volumen se convierte en una continuación de un cercano precedente como son las páginas dedicadas a los profesionales del teatro por Shergold en A History of the Spanish Stage front medieval times until the end of the seventeenth century (Londres, Oxford University Press, 1967, pp. 143-176 y 505-543) y Diez Borque en su estudio Sociedad y Teatro en la España de Lope de Vega (Barcelona, Antoni Bosch, 1978, pp. 29-90). El trabajo de Oehrlein sigue en algunos momentos muy de cerca esta última obra para matizarla, cuando no para criticarla abiertamente.

    Uno de esos puntos que critica el autor es, por ejemplo, el de la tipología de las compañías que presenta Diez Borque en el estudio citado. Este investigador diferenciaba las compañías de ración frente a las compañías de partes (op. cit., pp. 32-34), basándose en el criterio de reparto de beneficios que en el primer caso llevaba a una jerarquización económica e incluso microsocial entre los miembros de la compañía, frente a un carácter de igualdad existente en el segundo tipo de formaciones. A esta clasificación, Oehrlein opone la de compañías de título frente a compañías de la legua (p. 65), fundamentándose en un criterio legal de reconocimiento o no por las autoridades del Consejo real. Aunque la propuesta taxonómica de Diez Borque no sea del todo perfecta pues no cuenta con aquellas agrupaciones de carácter mixto, tal como expone el mismo Oehrlein (pp. 69-70, n. 20 y pp. 75-76), incluyendo esta tercera categoría -compañías de régimen económico mixto- podría resultar un cuadro explicativo más completo que el propuesto por el investigador alemán. En primer lugar, porque el criterio económico es intrínseco a las compañías, determinando su organización interna. Por su parte, el criterio legal es un factor externo a esas compañías, aunque sin lugar a dudas las afecta. Y no parece absolutamente determinante en un primer nivel de clasificación, pues podemos encontrar agrupaciones de cómicos que, sin estar reconocidas legalmente, tuvieron una estructura similar a las de título e, incluso, pudieron llegar a tener una semejante mentalidad profesional. El criterio legal podría utilizarse en un segundo nivel de clasificación en cada una de las categorías. Así pues, según esta propuesta, no podrían asimilarse compañías de ración a compañías de título y compañías de partes a compañías de la legua, como hace Diez Borque (op. cit., p. 33), hecho al que ya alude el mismo Oehrlein (pp. 69-70, n. 20). Otro asunto que puede llevar a una discusión más amplia es el del carácter ritual -como propone el autor- o no del teatro que comenzó a desarrollarse a finales del siglo xvi en España.

    Sin lugar a dudas, otro de los aspectos de este trabajo que se debe resaltar es el de que, por fin, va desterrando tópicos respecto a los comediantes de nuestro Siglo de Oro. Por lo que se refiere a los actores de las compañías de título, reclama la general dignidad de éstos frente a la opinión «bastante extendida del adorado del siglo xvn como un grupo profesional caótico y moralmente bajo: era un gremio profesional estrictamente organizado que tanto el estado como la Iglesia y el Municipio tenían bien sujeto» (p. 276).

    A pesar de su buena estructuración, el libro en su versión española presenta algunos aspectos en su concepción que pueden ser discutidos. En primer lugar, el hecho de que no se haya llevado a cabo una edición revisada y aumentada a partir de la alemana -los retoques, como queda dicho, son mínimos-, tomando en cuenta los estudios que han aparecido en los últimos ocho años acerca del tema que nos interesa. El autor se justifica ante la constatación de que su estudio en el tiempo transcurrido no ha perdido vigencia. Es cierto. Pero, a pesar de ello, Oehrlein también es consciente del paso de los años. De ahí la petición de un prólogo a Diez Borque para que exponga el estado de la cuestión. En ese «Prólogo» (pp. ix-xv) este último investigador se limita a hacer una valoración del libro, resaltando sus valores e indicando sus carencias, pues una "puesta al día" ocuparía, evidentemente, bastantes páginas. Diez Borque señala en su aportación el olvido de las manifestaciones dramáticas en la calle -al margen de los autos del Corpus, claro-, la no alusión a la práctica generalizada de representar los autos en los corrales a partir de la mitad del siglo xvn, el hecho de no haberse acercado a los trabajos publicados en l